02-02-2011, 23:22
El ambiente se había enmudecido, sólo se escuchaba un extraño silbido perturbador. Su sangre brotaba de a montones y mis manos intentaban colocar en su sitio las vísceras que se escurrían por una sección del abdomen. Sus ojos estaban en blanco, mirando un cielo que esperaba fuera su salvación, su última evasión del dolor. La cabeza colgaba de su cuello ya que mi brazo izquierdo intentaba sostener sus hombros. Una y otra vez quería que se pusiese de pie. Una y otra vez intentaba colocar todo en su lugar, como debía ser.
Todo volvió a temblar como la primera vez, pero ya no importaba, sólo me concentré en proteger su cuerpo, que ya no respondía.
- Estoy agotado, creo que no podré un segundo más- le dije a mi compañero de trabajo, tras rellenar el vigésimo segundo informe de progreso.
- Aguanta un poco más, media hora más y nos largamos con la frente alta. ¡Mañana comienzan las vacaciones!
- Sí, sólo porque se me vencen, sino ni siquiera hubiera podido tomármelas.
- ¿Y te quejas de eso? ¡Disfruta, hombre!
- Tienes razón – afirmé, y con las pocas energías que me quedaban, una sonrisa surgió de mi rostro y seguí escribiendo en la máquina cada dato que se me pedía.
La hora se hizo y mi pié pateó el escritorio, como queriendo alejarse de él y gracias a que mi silla tenía rueditas, pude hacerlo. No quería verlo ni pensar en él por quince días. Quince días sin pensar en papeles, formularios ni llamadas. Quince días sin jefes, ni disgustos ni entregas fuera de término transferidas. Al fin podría disfrutar de un tiempo con mi esposa, algo que no iba a venir nada mal considerando la disputa que habíamos tenido hacía dos noches. Tengo que admitir que a veces soy demasiado estricto y exigente, y es algo que una mujer tan libre como lo es ella no puede soportar. El error era mío, yo me enamoré de su forma de ser y ahora estaba queriendo que cambie. Era ilógico.
Mi sonrisa se hizo aún más grande. Tenía la esperanza que íbamos a poder hablarlo, yo le pediría disculpas y podríamos disfrutar una cena bajo las estrellas, en el jardín de casa. ¡Y cuánto nos había costado esa casa! Una hipoteca de seis años que nos sacaba la mitad de nuestros salarios cada mes. Cada mes que pasaba perdíamos más las esperanzas de poder seguir pagándola. Pero se pudo. Mañana se harán cinco años y diez meses. Sólo dos meses más y la casa será nuestra.
Volví caminando, no quise tomar el autobús. Quería distenderme y estirar las piernas, quería respirar aire puro. Bueno, al menos aire que no sea de oficina.
Llegando a la última avenida antes de casa, a unas dos cuadras de distancia, veo una furgoneta girando para tomar la avenida. La velocidad a la que venía era tan alta que apenas logré verla, sumando que la misma era color negra, y fue por poco que no me atropella. Por supuesto, mis insultos no llegaron a los oídos de quien conducía, pero yo pude desahogarme.
Tras una caminata relativamente corta, llegué a casa, coloqué la llave en la puerta y giré el picaporte. De repente, una explosión. A partir de allí, todo fue en silencio.
Mi cuerpo se estampó contra una de las paredes y me dejó inconsciente unos instantes. Cuando pude recuperarme, lo primero que hice fue buscarla. No había rastros. Todo era escombros, polvo y silencio. Llegué a donde antes estaba la cocina, y entonces la vi.
Desperté bajo un techo extraño. Me había quedado dormido abrazo a ella, eso fue lo que me dijo el médico al despertar. Me tomaron los exámenes de rutina. Ya podía oír, aunque muy poco. Mi hombro se había dislocado con el golpe y mis pies estaban completamente astillados. Ya nada importaba.
Me dejaron ir a la cafetería por mi cuenta, y me pedí un jugo de naranja con unas tostadas. Eran las dos de la tarde, pero no tenía tanta hambre para almorzar. Me senté y en la mesa encontré un diario que alguien había dejado olvidado. “Reaccionarios bombardean una casa de civiles por error”. Por error. Esa palabra costaba no más de 24 bits en una computadora, unos pocos centilitros de tinta en una hoja y al ser más importante en mi vida. A nadie le importaba que ella había muerto, a nadie le importaba que sólo faltaban dos meses para terminar de pagar la casa, a nadie le importaba que yo iba a pasar los quince días más bellos en cinco años con mi esposa, sólo importaba que el político blanco del ataque estaba a salvo.
Unos días después, el ataque accidental había pasado a la historia por una bomba hallada en la casa de gobierno. Ese mismo día yo recibí el alta. Ese mismo día el gobernador de la provincia perdió la vida. Ese mismo día caminé hacia los escombros y miré mi nueva vida. Ese nuevo día estaba vacío, mi vida también.
_____________________
Escrito de noviembre del año pasado. No estoy del todo lúcido ni inspirado para escribir algo coherente. Tendrían que ver las líneas sueltas que tengo jaja xD En fin. No es del estilo de siempre, era para una temática especial.
Abrazo grande y gracias por leer ^^
Todo volvió a temblar como la primera vez, pero ya no importaba, sólo me concentré en proteger su cuerpo, que ya no respondía.
- Estoy agotado, creo que no podré un segundo más- le dije a mi compañero de trabajo, tras rellenar el vigésimo segundo informe de progreso.
- Aguanta un poco más, media hora más y nos largamos con la frente alta. ¡Mañana comienzan las vacaciones!
- Sí, sólo porque se me vencen, sino ni siquiera hubiera podido tomármelas.
- ¿Y te quejas de eso? ¡Disfruta, hombre!
- Tienes razón – afirmé, y con las pocas energías que me quedaban, una sonrisa surgió de mi rostro y seguí escribiendo en la máquina cada dato que se me pedía.
La hora se hizo y mi pié pateó el escritorio, como queriendo alejarse de él y gracias a que mi silla tenía rueditas, pude hacerlo. No quería verlo ni pensar en él por quince días. Quince días sin pensar en papeles, formularios ni llamadas. Quince días sin jefes, ni disgustos ni entregas fuera de término transferidas. Al fin podría disfrutar de un tiempo con mi esposa, algo que no iba a venir nada mal considerando la disputa que habíamos tenido hacía dos noches. Tengo que admitir que a veces soy demasiado estricto y exigente, y es algo que una mujer tan libre como lo es ella no puede soportar. El error era mío, yo me enamoré de su forma de ser y ahora estaba queriendo que cambie. Era ilógico.
Mi sonrisa se hizo aún más grande. Tenía la esperanza que íbamos a poder hablarlo, yo le pediría disculpas y podríamos disfrutar una cena bajo las estrellas, en el jardín de casa. ¡Y cuánto nos había costado esa casa! Una hipoteca de seis años que nos sacaba la mitad de nuestros salarios cada mes. Cada mes que pasaba perdíamos más las esperanzas de poder seguir pagándola. Pero se pudo. Mañana se harán cinco años y diez meses. Sólo dos meses más y la casa será nuestra.
Volví caminando, no quise tomar el autobús. Quería distenderme y estirar las piernas, quería respirar aire puro. Bueno, al menos aire que no sea de oficina.
Llegando a la última avenida antes de casa, a unas dos cuadras de distancia, veo una furgoneta girando para tomar la avenida. La velocidad a la que venía era tan alta que apenas logré verla, sumando que la misma era color negra, y fue por poco que no me atropella. Por supuesto, mis insultos no llegaron a los oídos de quien conducía, pero yo pude desahogarme.
Tras una caminata relativamente corta, llegué a casa, coloqué la llave en la puerta y giré el picaporte. De repente, una explosión. A partir de allí, todo fue en silencio.
Mi cuerpo se estampó contra una de las paredes y me dejó inconsciente unos instantes. Cuando pude recuperarme, lo primero que hice fue buscarla. No había rastros. Todo era escombros, polvo y silencio. Llegué a donde antes estaba la cocina, y entonces la vi.
Desperté bajo un techo extraño. Me había quedado dormido abrazo a ella, eso fue lo que me dijo el médico al despertar. Me tomaron los exámenes de rutina. Ya podía oír, aunque muy poco. Mi hombro se había dislocado con el golpe y mis pies estaban completamente astillados. Ya nada importaba.
Me dejaron ir a la cafetería por mi cuenta, y me pedí un jugo de naranja con unas tostadas. Eran las dos de la tarde, pero no tenía tanta hambre para almorzar. Me senté y en la mesa encontré un diario que alguien había dejado olvidado. “Reaccionarios bombardean una casa de civiles por error”. Por error. Esa palabra costaba no más de 24 bits en una computadora, unos pocos centilitros de tinta en una hoja y al ser más importante en mi vida. A nadie le importaba que ella había muerto, a nadie le importaba que sólo faltaban dos meses para terminar de pagar la casa, a nadie le importaba que yo iba a pasar los quince días más bellos en cinco años con mi esposa, sólo importaba que el político blanco del ataque estaba a salvo.
Unos días después, el ataque accidental había pasado a la historia por una bomba hallada en la casa de gobierno. Ese mismo día yo recibí el alta. Ese mismo día el gobernador de la provincia perdió la vida. Ese mismo día caminé hacia los escombros y miré mi nueva vida. Ese nuevo día estaba vacío, mi vida también.
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Escrito de noviembre del año pasado. No estoy del todo lúcido ni inspirado para escribir algo coherente. Tendrían que ver las líneas sueltas que tengo jaja xD En fin. No es del estilo de siempre, era para una temática especial.
Abrazo grande y gracias por leer ^^
