23-07-2009, 00:56
Les dejo algunos escritos míos que voy escribiendo cada tanto, cuando me agarra momento de "inspiración". Cada tanto subo algún dibujo, pero me re cuelgo con eso. Whatever, espero que les guste. Si quieren/pueden, comenten ^-^ Los copio en este primer post por comodidad. Todos los textos son de mi autoría, por favor tengan eso en cuenta. Saludos.
Eso lo había posteado en Off topic...
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Un abrazo de miles de kilómetros. Tan nítido que no parecía real. Tan vacío, que parecía cercano.
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Fecha=21/07/2009
-¿Qué deseo pedrirías si pudieras pedir uno?
- Poder volar
- Yo pediría ser libre
- ¿No lo eres?
- No
- Hay muchas libertades que dependen de uno mismo.
- ¿Dices que es por mi que no soy libre?
- Podría ser...
Se quedó en silencio unos segundos.
- ¿Y tu por qué pedirías volar?
- Porque es una de las pocas libertades que no depende de mí.
Cerré los ojos y abrí los brazos, exponiendo mi cuerpo al vacío, esperando que el viento me pudiera alzar en vuelo.
-¿Qué deseo pedrirías si pudieras pedir uno?
- Poder volar
- Yo pediría ser libre
- ¿No lo eres?
- No
- Hay muchas libertades que dependen de uno mismo.
- ¿Dices que es por mi que no soy libre?
- Podría ser...
Se quedó en silencio unos segundos.
- ¿Y tu por qué pedirías volar?
- Porque es una de las pocas libertades que no depende de mí.
Cerré los ojos y abrí los brazos, exponiendo mi cuerpo al vacío, esperando que el viento me pudiera alzar en vuelo.
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Fecha = 23/07/2009
La brisa hacía tambalear las hojas del césped, mientras un cálido ambiente se entrecruzaba en la escena. El cielo se veía hermoso, tan libre y abierto. Tan lleno de todo, sin tener nada. El vuelo tornasolado que no iba a poder levantar, el vapor de agua algodonado que no iba a poder abrazar, las piruetas que no iba a poder crear.
El pasto me hacía cosquillas en las orejas. Me incorporé y el sueño gelatinoso se derritió. El bosque silencioso, las luces de la ciudad, las cadenas de la realidad.
¿Podría volver a cocinar ese sueño momentáneo una ves más?
Me recosté. Las aves seguían jugando en el aire, pese a la hora tardía. El sueño se había ido. Junto con ellas.
La brisa hacía tambalear las hojas del césped, mientras un cálido ambiente se entrecruzaba en la escena. El cielo se veía hermoso, tan libre y abierto. Tan lleno de todo, sin tener nada. El vuelo tornasolado que no iba a poder levantar, el vapor de agua algodonado que no iba a poder abrazar, las piruetas que no iba a poder crear.
El pasto me hacía cosquillas en las orejas. Me incorporé y el sueño gelatinoso se derritió. El bosque silencioso, las luces de la ciudad, las cadenas de la realidad.
¿Podría volver a cocinar ese sueño momentáneo una ves más?
Me recosté. Las aves seguían jugando en el aire, pese a la hora tardía. El sueño se había ido. Junto con ellas.
Fecha=11/10/2009
Deseo abrazarte, pero eres un espejismo. Mi espejismo. Me logras levantar en vuelo, y aunque esté sólo yo, mi locura me permite verte cerca mío.
Deseo abrazarte, saber que eres mía, toda mía. Verte sonriendo en mis brazos, como si el tiempo no existiera, como si nada existiera, sólo tú.
Deseo abrazarte, contemplar tus ojos y tu sonrisa. Sentir tus manos y tus caricias, oyendo cómo tu canto me atrapa.
Deseo abrazarte, pero estoy desconcertado, confundido.
Deseo abrazarte, pero sé que no puedo hacerlo. Hago lo posible por sonreír, pero tu no estás aquí.
Tu canto me llama, pero no puedo ir, y deseo abrazarte.
Aquí estoy. Aquí estoy, esperando abrazarte.
Deseo abrazarte, pero eres un espejismo. Mi espejismo. Me logras levantar en vuelo, y aunque esté sólo yo, mi locura me permite verte cerca mío.
Deseo abrazarte, saber que eres mía, toda mía. Verte sonriendo en mis brazos, como si el tiempo no existiera, como si nada existiera, sólo tú.
Deseo abrazarte, contemplar tus ojos y tu sonrisa. Sentir tus manos y tus caricias, oyendo cómo tu canto me atrapa.
Deseo abrazarte, pero estoy desconcertado, confundido.
Deseo abrazarte, pero sé que no puedo hacerlo. Hago lo posible por sonreír, pero tu no estás aquí.
Tu canto me llama, pero no puedo ir, y deseo abrazarte.
Aquí estoy. Aquí estoy, esperando abrazarte.
Texto del Taller literario.
Las consignas eran
"Que haya un ser alado"
"Que se diga la frase "nunca fui amiga de la debilidad"
"Que haya vampiros"
Espero que les guste:
Las consignas eran
"Que haya un ser alado"
"Que se diga la frase "nunca fui amiga de la debilidad"
"Que haya vampiros"
Espero que les guste:
Sonaba el teléfono. Sonaba el teléfono por última vez. Nadie atendía. Nadie podría ponerme en pié.
Las paredes de esa habitación vieja casi se venían abajo y las rajaduras y manchones de humedad daban la impresión de que era más vieja aún. Las cortinas de madera se golpeaban con el marco, haciendo un bailoteo constante y algo irritante.
Miré a mi alrededor para confirmar tristemente que allí estaba todo vacío, tan oscuro como una noche sin luna y tan frío como un miedo escalofriante. Aquella pieza cuadrada, sin nada peculiar, pisos de madera de roble, paredes de yeso y puertas rotas no dejaban almacenar ni un ápice de esperanzas.
Comencé a ver mejor, los ojos se fueron acostumbrando a la oscuridad. ¿Ojos? Qué extraño hablar de ellos, como si estuviera acostumbrado a tenerlos y usarlos. Al igual que estas piernas rotas y estas manos con múltiples cortes.
Cuando todo comenzó a verse más claro, descubrí un pequeño estante con libros, de diferente tamaño y grosor. Todos tenían colores muy alegres en los lomos y podía ver la tapa de uno de ellos. En ella se veía un pequeño niño jugando con un vampiro de su edad. Los dos mostrando esa cara de felicidad típica de la niñez, sin notar sus diferencias. ¡Cómo cambia el hombre al crecer! Pensar que esta guerra se desató por esa clase de diferencias.
Mi vista siguió la hilera de libros, intentando buscar algo que me hiciera sonreír nuevamente; y lo encontré. Al final de la hilera y casi cayéndose del estante, estaba recostando la cabeza sobre el último libro, una pequeña muñequita. Se veía algo descuidada, pero me agradó mucho y quería tenerla junto a mí. Comencé a arrastrarme para llegar a ella. Los nervios de las rodillas y los pies me clavaban millones de alfileres en un mismo lugar, como intentando impedir que me mueva. Los intenté ignorar y me deslicé sobre mis codos ensangrentados, ayudándome con la cadera. El dolor era muy penetrante, pero insistí un poco más. El estante ya estaba cerca.
Continué un pequeño tramo más y me coloqué justo debajo de donde estaba la muñeca y me dispuse a estirar el brazo para alcanzarla. El estante estaba muy alto, y la extensión de mi brazo no era sufiente para alcanzarla, pero aún asi seguí intentando. El brazo me tiraba mucho. Se sentía como si se me fuera a desprender del cuerpo; pero no podía abandonar esa última materialización de alegría que había encontrado. El dolor fue inaguantable, pero justo en ese momento, mi dedo logró tocar la piernita izquierda de la muñeca que se asomba, haciendo que la misma se deslizara sobre el libro en el que estaba apoyada y cayera a mi regazo.
Era una hermosa muñeca de trapo. Sus ojos eran dos botones y su boca una costura chueca. Sus pelos estaban hechos de trozos de tela de distintos trastes, y su cuerpo tenía varias heridas en donde se alojaban algunas garrapatas que me dediqué a matar por unos segundos. La abracé. La sostuve en mis brazos y la cuidé de los demás, de la nada y del todo que nos rodeaba. Nada iba a lastimarla. No mientras yo estuviera ahí.
Qué hipócrita era.
- Eres un hipócrita - me dijo la muñequita con esa vocecita tan tierna suya.
- ¿Por qué lo dices?
- Tú mismo lo dijiste hace un momento.
- Es cierto. Yo no debería estar escondido. Yo debería estar afuera, deteniendo la guerra y entregándome.
- ¿Y por qué no lo haces?
- Tengo miedo. Soy débil.
- No lo eres.
- Sí lo soy.
- ¿Quieres que te siga acompañando? -dijo con tono irritado.
- ¡Por supuesto! Yo quiero cuidarte, muñequita.
- No, no quieres cuidarme a mí, quieres cuidarla a ella.
- ¿Como puedes estar tan segura? Yo quiero cuidarte a vos.
- Estás pensando en ella ahora mismo.
- Es verdad - dije avergonzado.
- Entonces sabes qué es lo que debes hacer.
- No, no lo se... Tengo miedo.
- Si es a ella a quien quieres cuidar, eso no va a ayudarte.
- ¿Por qué?
En ese momento lo recordé. Recordé sus palabras, su frase de cabecera. La frase que siempre la acompañaba. "Nunca fui amiga de la debilidad, así que si quieres venir conmigo, saca eso de ti."
Esas palabras no se pudieron borrar de mi mente, por alguna extraña razón. Siempre quedaron dando vueltas y ahora se por qué. Estaban buscando que yo encontrara el significado y ahora lo tenía.
De repente la única venta de la habitación se rompió con un ruido seco y dejó entrar a un hombre vestido de negro. Todo dejó de importar, la frase, el significado, el hallazgo, todo. Abracé a la muñeca con fuerza y lo miré.
- Acá se acaba todo. La guerra terminó.
Su voz era grave y áspera, pero estaba buscando suavidad y esa suavidad sólo podía aparecer con mi muerte.
- ¿Cómo fue que por un ser que no es semejante a ustedes, se haya desprendido tan magnánima guerra?
Quedó en silencio. Levantó su brazo derecho, que sostenía un arma y me apuntó a la cabeza.
- Sólo sé que esta guerra va a acabar con la muerte de alguien. La muerte del último ser alado.
Había escuchado el riudo de un arma dispararse, pero uno nunca descubre su significado hasta que no es lo último que escucha en su vida.
Las paredes de esa habitación vieja casi se venían abajo y las rajaduras y manchones de humedad daban la impresión de que era más vieja aún. Las cortinas de madera se golpeaban con el marco, haciendo un bailoteo constante y algo irritante.
Miré a mi alrededor para confirmar tristemente que allí estaba todo vacío, tan oscuro como una noche sin luna y tan frío como un miedo escalofriante. Aquella pieza cuadrada, sin nada peculiar, pisos de madera de roble, paredes de yeso y puertas rotas no dejaban almacenar ni un ápice de esperanzas.
Comencé a ver mejor, los ojos se fueron acostumbrando a la oscuridad. ¿Ojos? Qué extraño hablar de ellos, como si estuviera acostumbrado a tenerlos y usarlos. Al igual que estas piernas rotas y estas manos con múltiples cortes.
Cuando todo comenzó a verse más claro, descubrí un pequeño estante con libros, de diferente tamaño y grosor. Todos tenían colores muy alegres en los lomos y podía ver la tapa de uno de ellos. En ella se veía un pequeño niño jugando con un vampiro de su edad. Los dos mostrando esa cara de felicidad típica de la niñez, sin notar sus diferencias. ¡Cómo cambia el hombre al crecer! Pensar que esta guerra se desató por esa clase de diferencias.
Mi vista siguió la hilera de libros, intentando buscar algo que me hiciera sonreír nuevamente; y lo encontré. Al final de la hilera y casi cayéndose del estante, estaba recostando la cabeza sobre el último libro, una pequeña muñequita. Se veía algo descuidada, pero me agradó mucho y quería tenerla junto a mí. Comencé a arrastrarme para llegar a ella. Los nervios de las rodillas y los pies me clavaban millones de alfileres en un mismo lugar, como intentando impedir que me mueva. Los intenté ignorar y me deslicé sobre mis codos ensangrentados, ayudándome con la cadera. El dolor era muy penetrante, pero insistí un poco más. El estante ya estaba cerca.
Continué un pequeño tramo más y me coloqué justo debajo de donde estaba la muñeca y me dispuse a estirar el brazo para alcanzarla. El estante estaba muy alto, y la extensión de mi brazo no era sufiente para alcanzarla, pero aún asi seguí intentando. El brazo me tiraba mucho. Se sentía como si se me fuera a desprender del cuerpo; pero no podía abandonar esa última materialización de alegría que había encontrado. El dolor fue inaguantable, pero justo en ese momento, mi dedo logró tocar la piernita izquierda de la muñeca que se asomba, haciendo que la misma se deslizara sobre el libro en el que estaba apoyada y cayera a mi regazo.
Era una hermosa muñeca de trapo. Sus ojos eran dos botones y su boca una costura chueca. Sus pelos estaban hechos de trozos de tela de distintos trastes, y su cuerpo tenía varias heridas en donde se alojaban algunas garrapatas que me dediqué a matar por unos segundos. La abracé. La sostuve en mis brazos y la cuidé de los demás, de la nada y del todo que nos rodeaba. Nada iba a lastimarla. No mientras yo estuviera ahí.
Qué hipócrita era.
- Eres un hipócrita - me dijo la muñequita con esa vocecita tan tierna suya.
- ¿Por qué lo dices?
- Tú mismo lo dijiste hace un momento.
- Es cierto. Yo no debería estar escondido. Yo debería estar afuera, deteniendo la guerra y entregándome.
- ¿Y por qué no lo haces?
- Tengo miedo. Soy débil.
- No lo eres.
- Sí lo soy.
- ¿Quieres que te siga acompañando? -dijo con tono irritado.
- ¡Por supuesto! Yo quiero cuidarte, muñequita.
- No, no quieres cuidarme a mí, quieres cuidarla a ella.
- ¿Como puedes estar tan segura? Yo quiero cuidarte a vos.
- Estás pensando en ella ahora mismo.
- Es verdad - dije avergonzado.
- Entonces sabes qué es lo que debes hacer.
- No, no lo se... Tengo miedo.
- Si es a ella a quien quieres cuidar, eso no va a ayudarte.
- ¿Por qué?
En ese momento lo recordé. Recordé sus palabras, su frase de cabecera. La frase que siempre la acompañaba. "Nunca fui amiga de la debilidad, así que si quieres venir conmigo, saca eso de ti."
Esas palabras no se pudieron borrar de mi mente, por alguna extraña razón. Siempre quedaron dando vueltas y ahora se por qué. Estaban buscando que yo encontrara el significado y ahora lo tenía.
De repente la única venta de la habitación se rompió con un ruido seco y dejó entrar a un hombre vestido de negro. Todo dejó de importar, la frase, el significado, el hallazgo, todo. Abracé a la muñeca con fuerza y lo miré.
- Acá se acaba todo. La guerra terminó.
Su voz era grave y áspera, pero estaba buscando suavidad y esa suavidad sólo podía aparecer con mi muerte.
- ¿Cómo fue que por un ser que no es semejante a ustedes, se haya desprendido tan magnánima guerra?
Quedó en silencio. Levantó su brazo derecho, que sostenía un arma y me apuntó a la cabeza.
- Sólo sé que esta guerra va a acabar con la muerte de alguien. La muerte del último ser alado.
Había escuchado el riudo de un arma dispararse, pero uno nunca descubre su significado hasta que no es lo último que escucha en su vida.
Fecha = 09/02/2010
- ¡Pero es que no tiene sentido! ¿Por qué?
Tenía que admitirlo, sus rizos negros tambaleándose cuando se mostraba alterada me fascinaban, pero era algo que tenía que guardar para otra ocasión. No era momento para sonreír y contemplarla.
Pero qué le podía responder. Era cierto que esta situación carecía de algún sentido lógico en donde uno pueda justificarse, pero yo me tenía que ir, y no podía, bajo ningún concepto, dejar que ella me acompañe.
- Es sólo que no puedo.
- ¿Por qué no lo dices y ya? Ya no me quieres.
- ¡No!
Mi grito fue inconsciente. No pude medirlo. Ella notó la verdad en ese grito desesperado, pero tampoco era momento para alegrarse de eso.
La noche estaba taciturna, apenas se oían unos grillos cantar a lo lejos y unas luciérnagas alumbraban el valle que teníamos a nuestros pies. El mirador era asombroso, siempre me había gustado ese lugar, hasta llegar a un cierto fanatismo e intriga. El río que corría como esquivando las dos laderas de las montañas delimitantes, los cerezos a las orillas del mismo, ya florecidos por la estación y dejando un alfombrado rosado en el suelo, y la enorme cantidad de estrellas que se veían entre las montañas, era algo que siempre me había atrapado. Era como colocar todos tus colores favoritos dentro de un mismo frasco, batir con fuerza y que al abrirlo, haya quedado un color aún más bello. Las posibilidades de que pase algo así son bajísimas, y en ese lugar había pasado.
Lamentablemente, en este día no podía contemplarlo y admirarlo como siempre, como antes.
Sus ojos verdi-azules comenzaron a agitarse compulsivamente, aunque casi no pudiera notarse, y el brillo aumentó hasta convertirse en agua. El agua recorrió sus mejillas que tanto había admirado antes de que la tuviera a mi lado, y algunas tocaban sus labios. Su mirada estaba fija en el césped, aunque yo sabía que ella no estaba interesada en esa pelea entre dos escarabajos que había allí. Incorporó su cabeza y me miró nuevamente, secándose previamente con la manga de su blusa verde, esa que tanto me gustaba.
- No volveré a verte, ¿verdad?
- Posiblemente no. Pero quiero que sepas, aunque creo que ya lo sabes, que si hubiera alguna oportunidad que me hiciera volver, yo la tomaría. Aunque fuera un sólo minuto, si pudiera verte, lo haría.
Leyó en mis ojos, como solía hacerlo en esta clase de situaciones -y tengo que decir que era muy buena haciéndolo-, y vio que no mentía. Por un momento me sentí aliviado, luego recordé lo que me esperaba, y que ella no estaba en ese futuro. Al menos uno de nosotros va a ser feliz. Qué rápido puede irse la felicidad a veces.
Entreabrió la boca, pero se mantuvo en silencio unos segundos. Luego, como si hubiera decidido que era correcto haberlo, habló.
- Estuve los últimos cuatro años de mi vida pensando que tenía un futuro feliz asegurado. Que estando a tu lado nunca iba a poder sentirme mal. Ahora siento como si el reloj hubiera tenido una fisura, y que la arena cayó más rápido de lo que debía.
No supe qué decir. Su comentario era tan acertado y encantador que me daban ganas de gritar contra cualquiera fuera la fuerza que me impedía quedarme.
- Lo siento.
- Qué rápido puede irse la felicidad a veces.
Me quedé atónito. ¿Habría sido casualidad? No, imposible. Pero, ¿tampoco ella iba a poder ser feliz?
- Me doy asco -dije. Mi mirada se dirigió a la pelea de escarabajos inmediatamente.
- No lo hagas.
Se acercó a mí. Me mantuve inmóvil.
- Ámame.
- Lo hago - dije sin mover la mirada.
- Ámame por última vez.
Tenía que admitirlo, sus rizos negros tambaleándose cuando se mostraba alterada me fascinaban, pero era algo que tenía que guardar para otra ocasión. No era momento para sonreír y contemplarla.
Pero qué le podía responder. Era cierto que esta situación carecía de algún sentido lógico en donde uno pueda justificarse, pero yo me tenía que ir, y no podía, bajo ningún concepto, dejar que ella me acompañe.
- Es sólo que no puedo.
- ¿Por qué no lo dices y ya? Ya no me quieres.
- ¡No!
Mi grito fue inconsciente. No pude medirlo. Ella notó la verdad en ese grito desesperado, pero tampoco era momento para alegrarse de eso.
La noche estaba taciturna, apenas se oían unos grillos cantar a lo lejos y unas luciérnagas alumbraban el valle que teníamos a nuestros pies. El mirador era asombroso, siempre me había gustado ese lugar, hasta llegar a un cierto fanatismo e intriga. El río que corría como esquivando las dos laderas de las montañas delimitantes, los cerezos a las orillas del mismo, ya florecidos por la estación y dejando un alfombrado rosado en el suelo, y la enorme cantidad de estrellas que se veían entre las montañas, era algo que siempre me había atrapado. Era como colocar todos tus colores favoritos dentro de un mismo frasco, batir con fuerza y que al abrirlo, haya quedado un color aún más bello. Las posibilidades de que pase algo así son bajísimas, y en ese lugar había pasado.
Lamentablemente, en este día no podía contemplarlo y admirarlo como siempre, como antes.
Sus ojos verdi-azules comenzaron a agitarse compulsivamente, aunque casi no pudiera notarse, y el brillo aumentó hasta convertirse en agua. El agua recorrió sus mejillas que tanto había admirado antes de que la tuviera a mi lado, y algunas tocaban sus labios. Su mirada estaba fija en el césped, aunque yo sabía que ella no estaba interesada en esa pelea entre dos escarabajos que había allí. Incorporó su cabeza y me miró nuevamente, secándose previamente con la manga de su blusa verde, esa que tanto me gustaba.
- No volveré a verte, ¿verdad?
- Posiblemente no. Pero quiero que sepas, aunque creo que ya lo sabes, que si hubiera alguna oportunidad que me hiciera volver, yo la tomaría. Aunque fuera un sólo minuto, si pudiera verte, lo haría.
Leyó en mis ojos, como solía hacerlo en esta clase de situaciones -y tengo que decir que era muy buena haciéndolo-, y vio que no mentía. Por un momento me sentí aliviado, luego recordé lo que me esperaba, y que ella no estaba en ese futuro. Al menos uno de nosotros va a ser feliz. Qué rápido puede irse la felicidad a veces.
Entreabrió la boca, pero se mantuvo en silencio unos segundos. Luego, como si hubiera decidido que era correcto haberlo, habló.
- Estuve los últimos cuatro años de mi vida pensando que tenía un futuro feliz asegurado. Que estando a tu lado nunca iba a poder sentirme mal. Ahora siento como si el reloj hubiera tenido una fisura, y que la arena cayó más rápido de lo que debía.
No supe qué decir. Su comentario era tan acertado y encantador que me daban ganas de gritar contra cualquiera fuera la fuerza que me impedía quedarme.
- Lo siento.
- Qué rápido puede irse la felicidad a veces.
Me quedé atónito. ¿Habría sido casualidad? No, imposible. Pero, ¿tampoco ella iba a poder ser feliz?
- Me doy asco -dije. Mi mirada se dirigió a la pelea de escarabajos inmediatamente.
- No lo hagas.
Se acercó a mí. Me mantuve inmóvil.
- Ámame.
- Lo hago - dije sin mover la mirada.
- Ámame por última vez.
Fecha = 03/03/2010
Cada huella dejaba su rastro, como si fueran a quedarse ahí para siempre. Como si quisieran hacerme notar que esos pasos no iban a poder borrarse. La nieve caía, fría. Fría y blanca, con esa pureza que sólo puede tener la nieve del más crudo invierno. Con ese sabor a soledad.
Los pasos seguían aumentando automáticamente, hasta podría decir inconscientemente. Sobre la nieve se veían caer gotas de sangre transparente. Cada gota, aunque saliera de mi cuerpo, me hacía sentir más pesado.
De repente vinieron a mí más recuerdos. Tus ojos derramando lágrimas. Tus manos, tapadas por las mangas de tu pulóver, intentando ocultar tus ojos enrojecidos y tristes. El rayo cayendo a lo lejos, prediciendo esa gran tormenta.
Las gotas de dolor seguían cayendo de mis ojos. Más y más pesado. Más y más oscuro. El aullido lejano de unos lobos acallaba mis gritos.
La luna se asomaba por algún agujero que decidieron dejarle las nubes. Brillaba intensamente, como cualquier luna llena, pero que tenía algo diferente a las demás. Ahora sabía su significado, lo vivía, lo intentaba esquivar, pero lo vivía.
Mis pies se detuvieron de repente, como si hubieran recibido una orden, y mis ojos se dirigieron a una flor que se hallaba en la mitad del camino. Era roja con el centro amarillo. Sus pétalos lograban hacer una danza alrededor del centro dorado, al compás del viento. Luego me volteé. Muchas flores yacían en el camino, y ya se encontraban clavabas al piso, junto con mis pisadas. La vista se me nubló por un segundo y mi cuerpo cayó al piso con un golpe seco. Luego de unos instantes, seguí mi marcha.
Los árboles intentaban frenar al viento con su baile exótico. Los copos de nieve adornaban todo con su color puro y su textura suave. Tu sonrisa me invadió nuevamente, haciéndome caer en una depresión más oscura. ¿Como podía algo tan hermoso angustiarme tanto?
Sólo yo me hago preguntas cuyas respuestas conozco.
Tus ojos brillantes no eran capaces de iluminarme, tu suave piel ya no podía apaciguar mi rugosidad, tus coloridas mejillas no podían sacar mi negrura interna. ¿Por qué había comenzado la tormenta? ¿Por qué no te podía encontrar, ya? ¿Por qué no podía tomarte de la mano una vez más?
Y luego se escuchó el único grito que los lobos no pudieron acallar.
-¡¿Dónde estás?!
Los pasos seguían aumentando automáticamente, hasta podría decir inconscientemente. Sobre la nieve se veían caer gotas de sangre transparente. Cada gota, aunque saliera de mi cuerpo, me hacía sentir más pesado.
De repente vinieron a mí más recuerdos. Tus ojos derramando lágrimas. Tus manos, tapadas por las mangas de tu pulóver, intentando ocultar tus ojos enrojecidos y tristes. El rayo cayendo a lo lejos, prediciendo esa gran tormenta.
Las gotas de dolor seguían cayendo de mis ojos. Más y más pesado. Más y más oscuro. El aullido lejano de unos lobos acallaba mis gritos.
La luna se asomaba por algún agujero que decidieron dejarle las nubes. Brillaba intensamente, como cualquier luna llena, pero que tenía algo diferente a las demás. Ahora sabía su significado, lo vivía, lo intentaba esquivar, pero lo vivía.
Mis pies se detuvieron de repente, como si hubieran recibido una orden, y mis ojos se dirigieron a una flor que se hallaba en la mitad del camino. Era roja con el centro amarillo. Sus pétalos lograban hacer una danza alrededor del centro dorado, al compás del viento. Luego me volteé. Muchas flores yacían en el camino, y ya se encontraban clavabas al piso, junto con mis pisadas. La vista se me nubló por un segundo y mi cuerpo cayó al piso con un golpe seco. Luego de unos instantes, seguí mi marcha.
Los árboles intentaban frenar al viento con su baile exótico. Los copos de nieve adornaban todo con su color puro y su textura suave. Tu sonrisa me invadió nuevamente, haciéndome caer en una depresión más oscura. ¿Como podía algo tan hermoso angustiarme tanto?
Sólo yo me hago preguntas cuyas respuestas conozco.
Tus ojos brillantes no eran capaces de iluminarme, tu suave piel ya no podía apaciguar mi rugosidad, tus coloridas mejillas no podían sacar mi negrura interna. ¿Por qué había comenzado la tormenta? ¿Por qué no te podía encontrar, ya? ¿Por qué no podía tomarte de la mano una vez más?
Y luego se escuchó el único grito que los lobos no pudieron acallar.
-¡¿Dónde estás?!
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Fecha = 19/04/2010
¹ Rise - Eddie Vedder (Into the Wild - 2007 - Sony BMG)
Mi mano intentó tomarte, pero ya era tarde. Por más lejos que la pudiera extender, no iba a poder alcanzar. Mi mano comenzó a temblar, como si pensara que había sido su culpa, como si creyera que la razón por la que había fallado había sido ella.
De pronto, el temblor se propagó por todas mis extremidades. Primero la acompañó la otra mano, como comprendiéndola, para luego pasar por todo el antebrazo y brazo. Unos instantes después, mis piernas se acoplaban, impidiéndome que siga en pie. Me desplomé en el suelo y me acurruqué, intentando ocupar el menor espacio posible. Intentando evitar que mi insignificante ser malgaste espacio, como debía ser.
A mi alrededor todo estaba negro. Como si el suelo que me sostenía fuera la única evidencia de que no estaba en el vacío. La única luz que se podía distinguir se estaba yendo con tu figura.
Desearía poder sostenerte. Desearía haberlo hecho alguna vez.
Ya no puedo ser libre, pero de qué serviría, de todas formas. Vivo dando vueltas, sin saber a dónde ir, pudiendo elegir cualquier dirección. Pareciera como si la libertad me apresara en la incertidumbre, manteniendo mi conciencia confundida y mi cuerpo inmóvil. El tiempo transcurre y mi cuerpo sigue allí, pero no hay nadie que me impida moverme, sólo mi negligencia.
Así fue que te marchaste, y por esa razón fue que ni siquiera pude tomarte en ese último momento. Por esa razón mi mano seguía temblando.
Siento en mi nuca tu ausencia. Mi pecho se contrae, pese a que los sollozos mudos le exijan expandirse. Hace frío. Me duele todo, me duele tu ausencia. Tengo miedo. Me tengo miedo. Estoy confundido. Me tengo miedo. Llámame con tu canto, déjame revivir, una vez más. Tráeme un ápice de luz.
Se levantará, convirtiendo errores en oro¹
De pronto, el temblor se propagó por todas mis extremidades. Primero la acompañó la otra mano, como comprendiéndola, para luego pasar por todo el antebrazo y brazo. Unos instantes después, mis piernas se acoplaban, impidiéndome que siga en pie. Me desplomé en el suelo y me acurruqué, intentando ocupar el menor espacio posible. Intentando evitar que mi insignificante ser malgaste espacio, como debía ser.
A mi alrededor todo estaba negro. Como si el suelo que me sostenía fuera la única evidencia de que no estaba en el vacío. La única luz que se podía distinguir se estaba yendo con tu figura.
Desearía poder sostenerte. Desearía haberlo hecho alguna vez.
Ya no puedo ser libre, pero de qué serviría, de todas formas. Vivo dando vueltas, sin saber a dónde ir, pudiendo elegir cualquier dirección. Pareciera como si la libertad me apresara en la incertidumbre, manteniendo mi conciencia confundida y mi cuerpo inmóvil. El tiempo transcurre y mi cuerpo sigue allí, pero no hay nadie que me impida moverme, sólo mi negligencia.
Así fue que te marchaste, y por esa razón fue que ni siquiera pude tomarte en ese último momento. Por esa razón mi mano seguía temblando.
Siento en mi nuca tu ausencia. Mi pecho se contrae, pese a que los sollozos mudos le exijan expandirse. Hace frío. Me duele todo, me duele tu ausencia. Tengo miedo. Me tengo miedo. Estoy confundido. Me tengo miedo. Llámame con tu canto, déjame revivir, una vez más. Tráeme un ápice de luz.
Se levantará, convirtiendo errores en oro¹
¹ Rise - Eddie Vedder (Into the Wild - 2007 - Sony BMG)
Fecha = 24/04/2010
Recuerdos y voces.
Silencio.
Imágenes esporádicas, voces.
Silencio.
"Tu lo hiciste!", "Egoísta! Mediocre!", "Fue él!", más voces.
Silencio.
Las paredes eran demasiado cuadradas, y sus revestimientos amalgamados eran muy uniformes. Excesivamente.
Creo que esto fue algo que siempre me molestó, la uniformidad, lo rutinario, lo homogéneo. Porque la gente podría creer en algo tan estúpido, si ya de por sí, la naturaleza se basa en el caos, en la repulsión, separación, en la soledad. Aunque esta última sea algo tan uniforme en ciertas ocasiones. Es raro, no me desagrada la soledad.
Llantos, gritos.
Silencio.
"Que bello color el de la sangre." "¿De qué habla?" "Curiosa sustancia la hemoglobina.", "Está loco! Que alguien lo pare!". Gritos, llantos.
Silencio.
- Buenas tardes, señor Takora.
- ¿Es que ya no soy un número para ustedes? ¿No soy una habitación?
- Claro que no. Nunca lo fue. Usted es una persona, como yo.
Mi carcajada resonó, pese a las paredes acústicas del lugar.
- "Número cinco a respondido correctamente al tratamiento." "No se observan mejorías en la habitación 38." "La metanina no funcionó con el número 52."
- Es una forma más rápida de expresarnos entre nosotros.
- Yo recuerdo que se apellida Lorenz, sin embargo cuando hablo de usted no lo nombro como "el doctor con matrícula 283.991"
- ¿Cómo averiguaste eso?
- Supongo que lo he adivinado.
- ¿Y puede adivinar mi número telefónico, entonces?
- Nunca dije que podía hacerlo.
Gritos, llantos, uñas, cuerdas, ruidos de la calle.
Silencio.
Música de fondo.
- Oh! Que bella música.
- ¿De qué música habla?
- De la de fondo.
- Yo no escucho ninguna clase de música, señor Tokara.
- ¡Qué pena! Es tan relajante.
Sangre, uñas, llantos y sollozos. La música aumenta el volumen.
- Op. 5 nº 532. Shwart. Curioso compositor, escribiendo los títulos a su antojo.
- ¿Un músico contemporáneo?
- Podría decirse... Sí.
- ¿La música sigue sonando?
- Nunca dije que lo hiciera. Pero sí, aún sigue.
- No lo entiendo, señor.
- Lógico, sino no estaríamos en esta situación, ¿no es verdad?
Lágrimas, marcas de manos, huellas, gritos.
Silencio.
Recuerdos y voces.
Silencio.
Imágenes esporádicas, voces.
Silencio.
"Tu lo hiciste!", "Egoísta! Mediocre!", "Fue él!", más voces.
Silencio.
Las paredes eran demasiado cuadradas, y sus revestimientos amalgamados eran muy uniformes. Excesivamente.
Creo que esto fue algo que siempre me molestó, la uniformidad, lo rutinario, lo homogéneo. Porque la gente podría creer en algo tan estúpido, si ya de por sí, la naturaleza se basa en el caos, en la repulsión, separación, en la soledad. Aunque esta última sea algo tan uniforme en ciertas ocasiones. Es raro, no me desagrada la soledad.
Llantos, gritos.
Silencio.
"Que bello color el de la sangre." "¿De qué habla?" "Curiosa sustancia la hemoglobina.", "Está loco! Que alguien lo pare!". Gritos, llantos.
Silencio.
- Buenas tardes, señor Takora.
- ¿Es que ya no soy un número para ustedes? ¿No soy una habitación?
- Claro que no. Nunca lo fue. Usted es una persona, como yo.
Mi carcajada resonó, pese a las paredes acústicas del lugar.
- "Número cinco a respondido correctamente al tratamiento." "No se observan mejorías en la habitación 38." "La metanina no funcionó con el número 52."
- Es una forma más rápida de expresarnos entre nosotros.
- Yo recuerdo que se apellida Lorenz, sin embargo cuando hablo de usted no lo nombro como "el doctor con matrícula 283.991"
- ¿Cómo averiguaste eso?
- Supongo que lo he adivinado.
- ¿Y puede adivinar mi número telefónico, entonces?
- Nunca dije que podía hacerlo.
Gritos, llantos, uñas, cuerdas, ruidos de la calle.
Silencio.
Música de fondo.
- Oh! Que bella música.
- ¿De qué música habla?
- De la de fondo.
- Yo no escucho ninguna clase de música, señor Tokara.
- ¡Qué pena! Es tan relajante.
Sangre, uñas, llantos y sollozos. La música aumenta el volumen.
- Op. 5 nº 532. Shwart. Curioso compositor, escribiendo los títulos a su antojo.
- ¿Un músico contemporáneo?
- Podría decirse... Sí.
- ¿La música sigue sonando?
- Nunca dije que lo hiciera. Pero sí, aún sigue.
- No lo entiendo, señor.
- Lógico, sino no estaríamos en esta situación, ¿no es verdad?
Lágrimas, marcas de manos, huellas, gritos.
Silencio.
Fecha = 06/06/2010
Levanté la cabeza como esperando ver algo. El paisaje era monótono y no había cambiado nada. Todo blanco. La ausencia absoluta del todo es escalofriante, pese al enorme grado de libertad que se tiene. Por supuesto, la libertad era extrema, podía hacer cualquier cosa allí, pero era demasiado para un hombre, aún más para mí.
De repente mi vista se comenzó a acostumbrar al blanquecino paisaje y comencé a divisar unos árboles que se movían al ritmo del viento, haciendo un relajante sonido. Yo estaba bajo uno de esos árboles, y la luz del sol traspasaba sólo algunos sectores, donde no se veía obstruida por las hojas. El producto de todo eso era muy bello. Ya la libertad se encontraba un poco más limitada. Eso me tranquilizó un poco.
El viento se levantó, dejándome verte una vez más. Te veías algo traslúcida, con un fondo negro, difuminado. "Si no cambias vas a terminar fracasando en todo, o peor aún, sin poder hacerlo por no haber llegado". "No eres constante, siempre dejas las cosas a medias. Tengo miedo de que eso pase conmigo". "Te amo, pero no puedo seguir así. No soy lo suficientemente fuerte como para aguantar esta incertidumbre. Lo siento".
Lo siento...
Y esa frase quedó haciendo eco, mientras tu imagen se desvanecía al mismo tiempo que el sonido. Esa frase que yo debería haber dicho y nunca dije. Tus labios me besaron nuevamente, tus ojos miraron, y tus suaves manos me acariciaron. Que bellas que eran esas aterciopeladas caricias, que sagrados eran esos dulces besos;... no tengo palabras para describir tu mirada. Un grito me volcó esos recuerdos, generándome una áspera arcada. La saliva comenzó a espesarse, dejando un gusto amargo, como esos recuerdos. Mi cuerpo temblaba y las arcadas continuaron, como queriendo eliminar todo lo que había hecho, lo que te había hecho. La vista se me nubló, y mi mente no distinguía dolor de felicidad. Cerré los ojos.
Los árboles se esfumaron, la luz del sol también, y lo blanco se transformó en negro. La libertad volvió. Mi miedo también.
De repente mi vista se comenzó a acostumbrar al blanquecino paisaje y comencé a divisar unos árboles que se movían al ritmo del viento, haciendo un relajante sonido. Yo estaba bajo uno de esos árboles, y la luz del sol traspasaba sólo algunos sectores, donde no se veía obstruida por las hojas. El producto de todo eso era muy bello. Ya la libertad se encontraba un poco más limitada. Eso me tranquilizó un poco.
El viento se levantó, dejándome verte una vez más. Te veías algo traslúcida, con un fondo negro, difuminado. "Si no cambias vas a terminar fracasando en todo, o peor aún, sin poder hacerlo por no haber llegado". "No eres constante, siempre dejas las cosas a medias. Tengo miedo de que eso pase conmigo". "Te amo, pero no puedo seguir así. No soy lo suficientemente fuerte como para aguantar esta incertidumbre. Lo siento".
Lo siento...
Y esa frase quedó haciendo eco, mientras tu imagen se desvanecía al mismo tiempo que el sonido. Esa frase que yo debería haber dicho y nunca dije. Tus labios me besaron nuevamente, tus ojos miraron, y tus suaves manos me acariciaron. Que bellas que eran esas aterciopeladas caricias, que sagrados eran esos dulces besos;... no tengo palabras para describir tu mirada. Un grito me volcó esos recuerdos, generándome una áspera arcada. La saliva comenzó a espesarse, dejando un gusto amargo, como esos recuerdos. Mi cuerpo temblaba y las arcadas continuaron, como queriendo eliminar todo lo que había hecho, lo que te había hecho. La vista se me nubló, y mi mente no distinguía dolor de felicidad. Cerré los ojos.
Los árboles se esfumaron, la luz del sol también, y lo blanco se transformó en negro. La libertad volvió. Mi miedo también.
Fecha = 16/08/2010
- Extiende la mano. Basta sólo con eso.
Todo estaba tan oscuro y frío. Aún peor si el agua está apunto de ahogarte. Era una cueva húmeda, pequeña, con infinitos pasadizos y la marea había subido. Apenas podía aguantar, era un eterno forcejeo para no dejarme atrapar por esas aguas, aquéllas que querían penetrar en mis pulmones como si fueran el propio aire, como si desearan ser ellas de las que dependa. Pero yo seguía anhelando el aire, ese cálido aire que me tú me das. Estos últimos años has estado a mi lado, soportando mis locuras y aflicciones, cubriéndome de cualquier viento que pudiera voltearme y alejándome del frío más punzante. Pero nunca pudiste evitar que entre a esta cueva, ya que fui yo quien lo decidió así, cada vez más y más profundo, por un camino más y más enredado, hasta llegar al tope. Pero no sabía que el mar llegaba hasta ahí, no sabía que podía taparme tanto. Y aún peor, no sabía que unas pocas lágrimas pudieran ayudar tanto a la labor de esas furiosas aguas.
A veces recuerdo tu rostro al enterarte que vine aquí y que penetré tan profundo, lamentándote que no pudiste hacer nada. Si hubiera imaginado que te iba a hacer tan mal, si no hubiera sido tan egoísta. Pero, ¿qué puedo decir? Bastó un sólo instante de no estar a tu lado para que el viento me condujera aquí, el rincón más oscuro de mi mente, el más frígido y aislado, traspasando por una entrada que pareciera diseñada únicamente para mí. Y cómo iba a imaginar que hasta la inconsciencia me iba a traicionar, llenando toda la cueva, cubriéndome, intentando reemplazar el rol de la consciencia, de la racionalidad, tu rol.
Y fue en ese instante, en el que apareciste. Habías moldeado esa entrada para poder penetrar, habías seguido mi rastro y estabas a mi lado nuevamente para salvarme. En ese momento fue que recordé lo más importante que me has enseñado en estos años. Nunca va a importar cuán sofocante sea el momento, sólo basta con extender mi mano, porque la tuya estará ahí para rescatarme.
Mi alma es tuya, mi cuerpo también, pero mi racionalidad... Ella eres tú.
Todo estaba tan oscuro y frío. Aún peor si el agua está apunto de ahogarte. Era una cueva húmeda, pequeña, con infinitos pasadizos y la marea había subido. Apenas podía aguantar, era un eterno forcejeo para no dejarme atrapar por esas aguas, aquéllas que querían penetrar en mis pulmones como si fueran el propio aire, como si desearan ser ellas de las que dependa. Pero yo seguía anhelando el aire, ese cálido aire que me tú me das. Estos últimos años has estado a mi lado, soportando mis locuras y aflicciones, cubriéndome de cualquier viento que pudiera voltearme y alejándome del frío más punzante. Pero nunca pudiste evitar que entre a esta cueva, ya que fui yo quien lo decidió así, cada vez más y más profundo, por un camino más y más enredado, hasta llegar al tope. Pero no sabía que el mar llegaba hasta ahí, no sabía que podía taparme tanto. Y aún peor, no sabía que unas pocas lágrimas pudieran ayudar tanto a la labor de esas furiosas aguas.
A veces recuerdo tu rostro al enterarte que vine aquí y que penetré tan profundo, lamentándote que no pudiste hacer nada. Si hubiera imaginado que te iba a hacer tan mal, si no hubiera sido tan egoísta. Pero, ¿qué puedo decir? Bastó un sólo instante de no estar a tu lado para que el viento me condujera aquí, el rincón más oscuro de mi mente, el más frígido y aislado, traspasando por una entrada que pareciera diseñada únicamente para mí. Y cómo iba a imaginar que hasta la inconsciencia me iba a traicionar, llenando toda la cueva, cubriéndome, intentando reemplazar el rol de la consciencia, de la racionalidad, tu rol.
Y fue en ese instante, en el que apareciste. Habías moldeado esa entrada para poder penetrar, habías seguido mi rastro y estabas a mi lado nuevamente para salvarme. En ese momento fue que recordé lo más importante que me has enseñado en estos años. Nunca va a importar cuán sofocante sea el momento, sólo basta con extender mi mano, porque la tuya estará ahí para rescatarme.
Mi alma es tuya, mi cuerpo también, pero mi racionalidad... Ella eres tú.
![[Imagen: Mujer001.jpg]](http://i601.photobucket.com/albums/tt93/nicomele/Mujer001.jpg)
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